Todo está en el cuerpo

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Nuestro cuerpo lo guarda todo. Acumula toda la información que recibe. Va creando un registro de todo lo que hacemos, pensamos, sentimos, vivimos… para tener cuanta más información mejor para mantenernos con vida. Y constantemente revisa sus registros y va ordenando vivencias por resultados similares, emociones similares o temas similares, en pro de la eficiencia. Como una gran base de datos que puede cotejar una cantidad de información inmensa en milisegundos, porque todo está ya allí. Y esto nos ayuda a poder tomar decisiones con rapidez (la mayoría de ellas ni nos damos cuenta de que las tomamos porque son ya «en automático», como si me lavo o no los dientes por la mañana, que no deja de ser una decisión) para que podamos funcionar en nuestro día a día. Imagina que tuviéramos que pararnos a reflexionar y decidir de manera consciente todas y cada una de las cosas mínimas que hacemos durante el día… Sería una locura, ¿no?

La cosa está en que tiramos más de automatismos de lo que creemos, y pensamos que tomamos «decisiones conscientes» cuando la realidad es que nos movemos la mayor parte del tiempo desde el inconsciente, desde todos esos registros que tenemos en el cuerpo. Y más en aquellas cosas que, en algún momento, hemos sentido que ponían en peligro nuestra supervivencia, fuera así o no. Y nuestro inconsciente, cuando vivimos una situación que nos supera emocionalmente, registra esa situación como «potencialmente peligrosa» (independientemente del peligro real de la misma) porque nuestro cuerpo siente peligrar su integridad, y, a la que esa situación se repite, pone en marcha todos sus sistemas de alerta y autoprotección, y empezamos a ver que muchas veces no podemos «controlar» nuestras reacciones ante ciertas situaciones que, a menudo, parece que no entrañan ningún riesgo potencial. «¿Por qué me siento así cuando alguien grita?» «¿Por qué no puedo dormir cuando llego a la cama reventada?» «¿Por qué me siento mal al comer cuando antes me encantaba?» «¿Por qué siento ansiedad?» Nos empezamos a preguntar… Y nos frustra porque no entendemos nada. Pero es que las respuestas no están en la cabeza, en nuestra mente racional. Las respuestas se encuentran en la parte más primitiva y visceral de nosotros. En todas esas memorias que el cuerpo ha ido acumulando sabiamente para mantenernos con vida.

Lo bueno es que, como todo está allí, siempre podemos volver al cuerpo a qué nos explique cuál es la historia que nos estamos contando, qué estamos viviendo en realidad cuando reaccionamos así o asá… podemos volver a él para que nos cuente nuestra propia historia y comenzar a sanar aquello con lo que nos sentimos mal. Nos hemos llenado de creencias, la mayoría inconscientes, sobre nosotros mismos, los demás, el funcionamiento del mundo y de la vida… y actuamos constantemente en relación a esas creencias. Esas verdades que tenemos instaladas y que nos han ayudado a sobrevivir… porque hemos llegado hasta aquí, ¿no? La cosa está en detectar aquellas que ya no nos sirven, o que nos hacen sufrir, o que nos impiden vivir la vida que queremos vivir, para recuperar nuestro equilibrio, nuestra verdad fundamental, nuestra libertad, nuestra ilusión por vivir.
Y es que, en el cuerpo, siempre están todas las respuestas… Sólo hay que saber escucharlo. Y atreverse.

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